El Tower Bridge sobre el Thames
📍 Londres, Reino Unido

Londres en tres días: mercados, museos y una ola de calor

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Hay viajes que se planean al detalle y otros que se viven a golpe de impulso. Este fue de los segundos: tres días de finales de junio para redescubrir Londres, con la ciudad sudando una ola de calor que la pilló, como siempre, a contrapié.

Aterrizamos en Stansted un viernes sobre las ocho de la mañana, decididos a exprimir el día desde el primer minuto. Del aeropuerto al centro fuimos en tren: unos 50 € que escuecen nada más empezar, pero que te dejan en el corazón de la ciudad en un suspiro. Y nada más bajar, el aviso: Londres y el calor no se llevan bien. Pocas ciudades están tan poco preparadas para el sol —el aire acondicionado es aquí casi una leyenda urbana— y aquel primer día fue, con diferencia, el más sofocante. A partir de ahí, fue aflojando. Eso sí, tuvimos suerte con el cielo: milagro londinense, no nos cayó ni una gota en todo el fin de semana.

Viernes: la City, el British y el centro

La primera parada fue la St Paul’s Cathedral, con su cúpula presidiendo la City como lleva haciéndolo siglos. Después dejamos las cosas en nuestro home exchange —nuestro campamento base en el sureste de la ciudad— y salimos a por más.

La tarde fue para el British Museum, que nos enamoró… aunque la visita se cortó antes de tiempo: lo desalojaron por el calor. Sin perder el ánimo, seguimos caminando por Chinatown y el Soho, bajamos hasta los parques que rodean Buckingham Palace —St James’s Park en todo su esplendor verde— y rematamos en Piccadilly Circus, entre pantallas, gentío y esa energía de cruce de caminos.

Sábado: Greenwich, bici y noche de teatro

El sábado arrancó en Greenwich Market, donde desayunamos entre puestos. Paseando por la zona nos topamos casi de casualidad con el National Maritime Museum, y fue un flechazo: se nos fue el tiempo entre maquetas de barcos, mapas e historias de mar, y unos libros de curiosidades buenísimos —el de las criaturas de las profundidades nos tuvo atrapados—.

Para movernos tiramos de las bicis eléctricas de Lime, y resultó una de las mejores ideas del viaje. Con los autobuses convertidos en hornos, pedalear al aire libre fue la forma perfecta de disfrutar del paisaje; cruzamos rincones preciosos, como el Tower Bridge, con el Thames brillando bajo el sol.

De ahí, directos a Borough Market: unos fish and chips de manual y un bocadillo de cerdo asado de los de repetir. Volvimos a casa a recuperar fuerzas y, de regreso al centro, caímos en unas empanadillas bolivianas que nos arrancaron una sonrisa.

Con la tarde cayendo, nos plantamos en la zona del London Eye, las Houses of Parliament y el Big Ben. Tocaba turistear sin complejos: fotos en las cabinas rojas, los autobuses de dos pisos de fondo y una videollamada a la familia para presumir de estampa. Después, paseando por un parque lleno de patos y ardillas, llegamos al teatro a ver The Phantom of the Opera, una de las muchas recomendaciones de Will y Jaime, nuestros amigos londinenses —con parada técnica en la tienda de M&M’s para llevarnos unas tazas de recuerdo—. La obra nos encantó. Fuimos con los deberes hechos y, aunque temíamos que el inglés fuera una barrera, nos equivocábamos: la historia y las letras de las canciones se siguen de maravilla. Un espectáculo magníficamente montado, con un repartazo sobre el escenario. Cerramos la noche con unas cervezas y una cena en un vietnamita.

Domingo: mercados, museos y una pinta de despedida

El domingo lo abrimos con el Columbia Road Flower Market, una explosión de color y aroma. Seguimos hasta Old Spitalfields Market, donde nos perdimos entre puestos de libros de segunda mano y hasta un piano para quien se animara a tocar; allí mismo comimos una hamburguesa de food truck.

La tarde fue de museos: primero el Natural History Museum y luego la National Gallery. Para cenar fuimos a Maki & Ramen, una recomendación de nuestro amigo Michael que no falló. Y para despedirnos, lo más británico posible: una pinta en un pub antes de poner rumbo a casa.

Lo que nos llevamos

  • Casi todos los grandes museos son gratis. El British, el National Maritime, el Natural History, la National Gallery… entrada libre; solo te invitan, con mucha elegancia, a dejar una donación voluntaria. Todo un lujo.
  • Las bicis de Lime fueron un acierto. Empezamos con un paquete pequeño de 60 minutos y se nos quedó corto enseguida; el de 200 minutos salió mucho más a cuenta y nos dio libertad para ir a nuestro aire.
  • El transporte público se paga con tarjeta, y es comodísimo. Te subes al metro, autobús o tren y acercas la tarjeta contactless (o el móvil) al lector —al entrar y, en metro y tren, también al salir—. Nosotros tiramos de la tarjeta Revolut y fue perfecto: el sistema calcula la tarifa y aplica un tope diario, sin billetes ni complicaciones.
  • Con Revolut nos olvidamos del cambio de divisa y del efectivo. Pagamos con la tarjeta en todas partes y, para llevar la cuenta del gasto, nos bastó una regla mental: en euros, todo sale más o menos un 15% por encima de lo que marca el precio en libras. Ni colas para cambiar dinero, ni efectivo encima, ni sustos en el extracto.
  • Londres no está hecha para el calor. Sin aire acondicionado casi en ningún sitio, mejor madrugar, buscar sombra y parques, y dejar los autobuses para las horas más suaves.
  • El tren desde Stansted es caro (~50 €) pero rapidísimo. Con tiempo, hay autobuses más económicos.

Tres días cortos, sí, pero suficientes para volver con las piernas cansadas, la cámara llena y la sensación de haber vivido la ciudad de verdad.

Y un gracias enorme a Will y Jaime, nuestros amigos en Londres, por las recomendaciones y los planes que hicieron este viaje mucho mejor — y a Michael y Roger, por las suyas.

— Fer & Danielle

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